martes, 17 de diciembre de 2019

LA POLÍTICA ES LA CLAVE DE LA SEGURIDAD


ANTE EL EMBATE DEL TOTALITARISMO, 
QUE LA REPÚBLICA NO SEA HISTORIA CONTRAFÁCTICA.




Una vez más comienzo por el principio, que es tener claro el concepto: brindar seguridad interior consiste en garantizar la plena vigencia del estilo de vida propiciado por la Constitución Nacional. 

Hubiera o hubiese no explica la razón por la que el gobierno de Alberto de la Fernández aparece impedido de satisfacer mínimamente los requisitos de la seguridad, pero proyectar historia contrafáctica, como entre nosotros ha hecho Rosendo Fraga, es un ejercicio intelectual entretenido y necesario para comprender la dinámica de los procesos históricos. En especial cuando estamos inmersos en ellos. Obliga a pensar. 

Ciertamente, imaginar sobre hechos del pasado un presente distinto y verosímil, tiene mucho en común con la aplicación de lógica creativa en el análisis de Inteligencia para vislumbrar el futuro.  

Tanto así que, el 28 de Julio de 2016, María O’Donnell entrevistó a Rosendo Fraga en relación a su libro “Que hubiera pasado si… 2”, en cuyo Capítulo 12 supone la victoria de Daniel Scioli en las elecciones de 2015. Al respecto, proyectó Fraga que se hubiera dado un conflicto permanente con Cristina Fernández, quien había dicho “mejor que el que venga gobierne bien porque si no me va a obligar a volver en 2019”. Y en esa elucubración, la presencia de Carlos Zannini en la fórmula presidencial indicaba la intención de la ex Presidente de conservar el poder real. 

Entre aquel análisis contrafáctico de Fraga y el presente no hay mucha disonancia, aunque ya veremos que falta una voluntad. Sí demuestra este escenario, en el retroceso a 2015, el carácter anecdótico e intrascendente del interregno macrista. En lugar de Scioli ocupa la Presidencia Alberto de la Fernández, Zannini (siempre en rol de comisario político) en vez de vicepresidente es el Procurador del Tesoro y Cristina Fernández, aún en la vicepresidencia, es quien lidera el oficialismo encarnando el poder real. 

Un poder tan real como el discurso viralizado de César Milani, ese generalito traidor a la sangre de los militares que combatieron al terrorismo castrista, quien evidenciando desequilibrio mental amenaza a toda la ciudadanía con un próximo Estado totalitario. Advirtiendo con ello a Alberto de la Fernández que detenta la formalidad del gobierno pero no el poder real y que el kirchnerismo va, por sobre su mera investidura, hacia el poder absoluto para eliminar cualquier posibilidad de alternancia democrática. 


Esa desaforada teatralidad kirchnerista se apreció también, como en otros años, con la sobreactuación fanatizada en juramentos personalistas al asumir cargos republicanos, siendo particularmente llamativa la insistencia en jurar por Cristina, como lo hizo el ministro de Seguridad bonaerense Sergio Berni quien, además, juró también por "nuestro pueblo peronista", remarcando que se gobernará para una facción política, incluso en cuestiones tan sensibles como la seguridad.

Ahora bien, si ya en campaña Diosdado Cabello le dijo abiertamente que no era dueño de los votos, en su primera semana como Presidente Alberto de la Fernández tampoco parece ser el dueño de su gobierno ni se muestra interesado en serlo. Tal vez por eso tuvo tiempo de ir a tomar exámenes a la Facultad de Derecho. 

Esa pasividad pone un interrogante en la traslación del escenario contrafáctico planteado por Rosendo Fraga, porque para que haya conflicto se requieren al menos dos voluntades. Y hasta ahora el sometimiento del mascarón de proa es absoluto. Para el kirchnerismo y buena parte de la población que la banda presidencial la lleve Alberto de la Fernández o su perro Dylan, la mascota de la mascota, es indistinto. Claro que Dylan no iba a poder leer en el Congreso esa obra maestra del doblepensar orwelliano que pasó por discurso presidencial, pero pudo ladrar durante el mismo tiempo:  “lawfare!, lawfare!” cosechando iguales aplausos de los que quieren imponerle al país  el modelo Senado y convertirlo en un aguantadero.  



El kirchnerismo no cambió ni volvió mejor. Sigue siendo ese proyecto totalitario de corrupción estructural que, servil a la tiranía castrista, requiere la completa destrucción del estilo de vida de los argentinos. Por eso no va a garantizar la seguridad, necesita del caos, la confusión y la miseria para justificar en la emergencia el ataque final sobre la Constitución Nacional. Quedó claro desde lo simbólico cuando, en el derroche inicial, la centralidad sobre el escenario de Plaza de Mayo tuvo por mensaje: “somos la muerte de la moral”. Y lo son. 

Todo bien pensante cree que cualquier gobierno busca el bienestar de la población, pero esa es una creencia falsa, como también lo es suponer que el derrumbe económico obligará en algún punto a tomar medias racionales. Basta mirar a Cuba y Venezuela para saber que no es así. Se equivocan, por tanto, quienes confían en que no habrá populismo sin dinero para repartir. Deben leer a George Orwell en “1984” para comprender que un estado general de escasez, incluso miseria, aumenta la importancia de los pequeños privilegios o prebendas, lo cual acentuando al mismo tiempo la idea de que se está en peligro “hace que la entrega de todo el poder a una reducida casta parezca la condición natural e inevitable para sobrevivir”. 

Si queremos volver a ser los libres del sur y vivir bajo la irrestricta supremacía de la Constitución Nacional, no callemos ni toleremos la desviación totalitaria. De lo contrario la República será historia contrafáctica. El kirchnerismo es un fraude en sí mismo y como tal un tigre de papel, aceptar sus mentiras como verdades y sus caprichos como ley es una cobardía propia de pusilánimes. 

Es otro, muy otro, el destino de la Nación Argentina. 


Ariel Corbat, La Pluma de la Derecha,
un liberal que no habla de economía. 

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